La vida del Buscón, Capítulo V - Francisco de Quevedo y Villegas
CAPITULO V.
De cómo tomó posada, y la desgracia
que le sucedió en ella
Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos;
aunque me avisaron que iban camino de
Sevilla a costa de la caridad, no los quise seguir.
Determinéme de ir a una posada, donde
hallé una moza rubia y blanca, miradora, alegre,
a veces entremetida, y a veces entresacada
y salida; zaceaba un poco; tenía miedo
a los ratones; preciábase de manos y, por enseñarlas,
siempre despabilaba las velas, partía
la comida en la mesa, en la iglesia siempre
tenía puestas las manos, por las calles iba
enseñando siempre cuál casa era de uno y
cuál de otro; en el estrado, de contino tenía
un alfiler que prender en el tocado; si se jugaba
a algún juego, era siempre el de pizpirigaña,
por ser cosa de mostrar manos. Hacía
que bostezaba, adrede, sin tener gana, por
mostrar los dientes y hacer cruces en la boca.
Al fin, toda la casa tenía ya tan manoseada,
que enfadaba ya a sus mismos padres.
Hospedáronme muy bien en su casa, porque
tenían trato de alquilarla, con muy buena ropa,
a tres moradores: fui el uno yo, el otro un
portugués, y un catalán. Hiciéronme muy
buena acogida.
A mí no me pareció mal la moza para el deleite,
y lo otro la comodidad de hallármela en
casa. Di en poner en ella los ojos; contábales
cuentos que yo tenía estudiados para entretener;
traíalas nuevas, aunque nunca las
hubiese; servíalas en todo lo que era de balde.
Díjelas que sabía encatamientos, y que
era nigromante, que haría que pareciese que
se hundía la casa y que se abrasaba, y otras
cosas que ellas, como buenas creedoras, tragaron.
Granjeé una voluntad en todos agradecida,
pero no enamorada, que, como no
estaba tan bien vestido como era razón, aunque
ya me había mejorado algo de ropa (por
medio del alcaide, a quien visitaba siempre,
conservando la sangre a pura carne y pan
que le comía), no hacían de mí el caso que
era razón.
Di, para acreditarme de rico que lo disimulaba,
en enviar a mi casa amigos a buscarme
cuando no estaba en ella. Entró uno, el primero,
preguntando por el señor don Ramiro
de Guzmán, que así dije que era mi nombre
(porque los amigos me habían dicho que no
era de costa mudarse los nombres, y que era
útil). Al fin, preguntó por don Ramiro, "un
hombre de negocios rico, que hizo agora tres
asientos con el Rey". Desconociéronme en
esto las húespedas, y respondieron que allí
no vivía sino un don Ramiro de Guzmán, más
roto que rico, pequeño de cuerpo, feo de cara
y pobre.
-Ese es -replicó- el que yo digo. Y no quisiera
más renta al servicio de Dios que la que
tiene a más de dos mil ducados.
Contóles otros embustes, quedáronse espantadas,
y él las dejó una cédula de cambio
fingida, que traía a cobrar en mí, de nueve
mil escudos. Díjoles que me la diesen para
que la acetase, y fuese.
Creyeron la riqueza la niña y la madre, y
acotáronme luego para marido. Vine yo con
gran disimulación, y, en entrando, me dieron
la cédula diciendo:
-Dineros y amor mal se encubren, señor
don Ramiro. ¿Cómo que nos esconda V. Md.
quién es, debiéndonos tanta voluntad?.
Yo hice como que me había disgustado por
el dejar de la cédula, y fuime a mi aposento.
Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero,
me decían que todo me estaba bien, celebraban
mis palabras, no había tal donaire
como el mío. Yo que las vi tan cebadas, declaré
mi voluntad a la muchacha, y ella me
oyó contentísima, diciéndome mil lisonjas.
Apartámonos; y una noche, di para confirmarlas
más en mi riqueza; cerréme en mi
aposento, que estaba dividido del suyo con
sólo un tabique muy delgado, y, sacando cincuenta
escudos, estuve contándolos en la
mesa tantas veces, que oyeron contar seis
mil escudos. Fue esto de verme con tanto dinero
de contado, para ellas, todo lo que yo
podía desear, porque dieron en desvelarse
para regalarme y servirme.
El portugués se llamaba o siñor Vasco de
Meneses, caballero de la cartilla, digo de
Christus. Traía su capa de luto, botas, cuello
pequeño y mostachos grandes. Ardía por doña
Berenguela de Robledo, que así se llamaba.
Enamorábala sentándose a conversación,
y suspirando más que beata en sermón de
Cuaresma. Cantaba mal, y siempre andaba
apuntando con él el catalán, el cual era la
criatura más triste y miserable que Dios crió;
comía a tercianas, de tres a tres días, y el
pan tan duro, que apenas le pudiera morder
un maldiciente. Prentendía por lo bravo, y si
no era el poner güevos, no le faltaba otra cosa
para gallina, porque cacareaba notablemente.
Como vieron los dos que yo iba tan adelante,
dieron en decir mal de mí. El portugués
decía que era un piojoso, pícaro, desarropado;
el catalán me trataba de cobarde y vil. Yo
lo sabía todo, y a veces lo oía, pero no me
hallaba con ánimo para responder. Al fin, la
moza me hablaba y recibía mis billetes. Comenzaba
por lo ordinario: "Este atrevimiento,
su mucha hermosura de V. Md..."; decía lo de
"me abraso", trataba de "penar", ofrecíame
por esclavo, firmaba el corazón con la saeta...
Al fin, llegamos a los túes, y yo, para alimentar
más el crédito de mi calidad, salíme de
casa y alquilé una mula, y arrebozado y mudando
la voz, vine a la posada y pregunté por
mí mismo, diciendo si vivía allí su merced del
señor don Ramiro de Guzmán, señor del Valcerrado
y Villorete.
-Aquí vive -respondió la niña- un caballero
de ese nombre, pequeño de cuerpo.
Y, por las señas, dije yo que era él, y las
supliqué que le dijesen que Diego de Solórzana,
su mayordomo que fue de las depositarias,
pasaba a las cobranzas, y le había venido
a besar las manos. Con esto me fui, y volví a
casa de allí a un rato.
Recibiéronme con la mayor alegría del
mundo, diciendo que para qué les tenía escondido
el ser señor de Valcerrado y Villorete.
Diéronme el recado. Con esto, la muchacha
se remató, cudiciosa de marido tan rico, y
trazó de que la fuese a hablar a la una de la
noche, por un corredor que caía a un tejado,
donde estaba la ventana de su aposento.
El diablo, que es agudo en todo, ordenó
que, venida la noche, yo, deseoso de gozar la
ocasión, me subí al corredor, y, por pasar
desde él al tejado que había de ser, vánseme
los pies, y doy en el de un vecino escribano
tan desatinado golpe, que quebré todas las
tejas, y quedaron estampadas en las costillas.
Al ruido, despertó la media casa, y pensando
que eran ladrones (que son antojadizos dellos
los deste oficio) subieron al tejado. Yo que vi
esto, quíseme esconder detrás de una chimenea,
y fue aumentar la sospecha, porque el
escribano y dos criados y un hermano me
molieron a palos y me ataron a vista de mi
dama, sin bastarme ninguna diligencia. Mas
ella se reía mucho, porque, como yo la había
dicho que sabía hacer burlas y encantamentos,
pensó que había caído por gracia y nigromancia,
y no hacía sino decirme que subiese,
que bastaba ya. Con esto, y con los palos
y puñadas que me dieron, daba aullidos; y
era lo bueno que ella pensaba que todo era
artificio, y no acababa de reír.
Comenzó luego a hacer la causa, y porque
me sonaron unas llaves en la faldriquera, dijo
y escribió que eran ganzúas y aunque las vio,
sin haber remedio de que no lo fuesen. Díjele
que era don Ramiro de Guzmán, y rióse mucho.
Yo, triste, que me había visto moler a
palos delante de mi dama, y me vi llevar pre-
so sin razón y con mal nombre, no sabía qué
hacerme. Hincábame de rodillas, y ni por esas
ni por esotras bastaba con el escribano.
Todo esto pasaba en el tejado, que los tales,
aun de las tejas arriba levantan falsos
testimonios. Dieron orden de bajarme abajo,
y lo hicieron por una ventana que caía a una
pieza que servía de cocina.


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