La vida del Buscón, Capítulo V - Francisco de Quevedo y Villegas
CAPITULO V. De cómo tomó posada, y la desgracia que le sucedió en ella Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos; aunque me avisaron que iban camino de Sevilla a costa de la caridad, no los quise seguir. Determinéme de ir a una posada, donde hallé una moza rubia y blanca, miradora, alegre, a veces entremetida, y a veces entresacada y salida; zaceaba un poco; tenía miedo a los ratones; preciábase de manos y, por enseñarlas, siempre despabilaba las velas, partía la comida en la mesa, en la iglesia siempre tenía puestas las manos, por las calles iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro; en el estrado, de contino tenía un alfiler que prender en el tocado; si se jugaba a algún juego, era siempre el de pizpirigaña, por ser cosa de mostrar manos. Hacía que bostezaba, adrede, sin tener gana, por mostrar los dientes y hacer cruces en la boca. Al fin, toda la casa tenía ya tan manoseada, que enfadaba ya a sus mismos padres. Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían ...
